AMLO: Dos dogmas huecos que le darán la presidencia.

La contienda electoral de este año parece empezar a marcar a un inevitable ganador. El candidato de Morena sin embargo no ha ajustado su plan de país o profundizado en mejores propuestas. Su campaña sigue sin establecer con claridad los cómos, al igual que en las dos campañas anteriores. Entonces ¿Qué lo tiene tan arriba, al margen de lo flaco de la “caballada”? Me parece que la respuesta se centra en dos propuestas que casi se han vendido como verdades o dogmas al rededor del candidato. Dos esperanzas que, nuevamente sin decir cómo, será la gran diferencia entre su gobierno y los anteriores: La corrupción; y lo que se podrá hacer con ese dinero que en el imaginario colectivo, y en parte en la realidad, hoy desaparece todos los días de las arcas del gobierno.
Andrés Manuel entendió que el cinismo y el descaro con el que se ha manejado el país es sin duda su mejor activo. Y el electorado parece responderle favorablemente. La expectativa de que Andrés Manuel puede terminar con la corrupción es el anhelo que está convenciendo a muchos de los votantes moderados que en elecciones pasadas le dieron la espalda.
Ahora,  ¿qué tan real y qué tan factible es esa bandera anticorrupción de Morena? Aquí hay dos ángulos. El pasado y el futuro.
Si revisamos la gestión de AMLO durante la jefatura de gobierno, así como muchas de las entidades que han sido gobernadas por su partido político, no se han distinguido por ejemplares en temas anti corrupción. En el DF, por ejemplo, los gastos de los segundos pisos fueron reservados como información confidencial, y aunque el escándalo se centró en Bejarano y los billetes, no podemos olvidar que el empresario Ahumada estuvo detrás de muchas de esas obras. Opacidad y corrupción son un binomio no solo conveniente sino vital para que el segundo pueda subsistir. En ejemplos más recientes, Delegaciones como Tláhuac o Cuauhtemoc se han visto inmersos en escándalos donde las autoridades delegaciones fueron señaladas por favorecer con contratos a empresas de personas cercanas al delegado, funcionarios de alto nivel atrapados con inexplicables cantidades de efectivo, o vínculos directos con asociaciones criminales dentro de su demarcación. Decir que Morena terminará con la corrupción, es al menos una afirmación que en los hechos no ha correspondido con la experiencia de gobierno del propio candidato, como tampoco lo ha sido dentro de las más importantes demarcaciones que hoy gobiernan.
Hacia el futuro, la promesa de eliminar la corrupción sólo con la buena voluntad y ejemplo moral del líder, resulta no sólo ingenuo sino hasta sospechoso como argumento. El estado impoluto soy yo, parece decir AMLO en tono Luiscatorciano. Sin embargo la corrupción es un fenómeno demasiado complejo para erradicarlo con pura voluntad. La corrupción en el país trasciende a un problema meramente “cultural”. Es una realidad sistémica. Donde quienes tienen el poder de realizar los cambios de fondo que podrían cimbrar las estructuras de ese sistema tienen todos los incentivos para no hacerlo. El país se ha movido en la dirección correcta, aunque de manera tímida en ese sentido. El Instituto Federal de Acceso a la Información, el Sistema Nacional Anticorrupción, la reciente eliminación del fuero, o la misma presión de los medios, se han convertido en herramientas más o menos eficaces para impulsar el escrutinio público. Sin embargo estas estructuras carecen hoy de los dientes necesarios para poder “morder” de fondo a los responsables. El problema de la postura de AMLO es que no propone con claridad los mecanismos de transparencia, rendición de cuentas y sobretodo de fortalecimiento a los diferentes órganos que pudieran funcionar como verdaderos contrapesos para apuntalar un cambio de fondo en el sistema actual. Y ahí es donde hay que preguntarse si es porque no lo entiende o porque no lo quiere hacer. Al final, es innegable que si bien a él no se le ha podido relacionar directamente con actos de corrupción, su modus operandi y sus estructuras, necesarias para construir su base electoral, operan con las mismas prácticas que los partidos más viciados. Quizás AMLO sepa que será a través de esos mismos mecanismos que podrá controlar y gobernar. Pero eso no quiere decir que la corrupción va a cambiar. Simplemente va a cambiar de manos.
El segundo argumento es todo lo que se puede lograr con esos quinientos mil millones de pesos, que si bien es poco claro de donde viene la cifra, nadie la puede refutar. ¿Será que tanto se roban los políticos? quizás. Ahora, asumiendo que el combate moral a la corrupción resulta ser sorprendentemente efectivo, y que AMLO, si llega a ser presidente, logra esos “ahorros” en la hacienda pública, ¿Qué implicaciones tiene este “excedente” bajo la postura del hoy candidato para el resto de las personas? Y ahí nuevamente AMLO plantea ideas muy muy viejas y cuestionables. Se habla de inversión, mucha inversión en infraestructura, aunque se opone al mayor proyecto de infraestructura del país. Habla de becas y apoyos a jóvenes, sin embargo estas medidas no van a resolver una desigualdad de fondo, como tampoco harán que el país crezca en el número y la calidad de las oportunidades que los jóvenes necesitan. Sus alianzas con sindicatos siniestros pareciera que sin duda una parte importante de esos excedentes regresarían a la opacidad y el control de estos poderosos grupos clientelares, y paradójicamente, la visión del estado rector e impulsor de la economía es de las formas más fáciles de generar designaciones discrecionales o con fines políticos, lo que haría aun más complejo el mantener todo ese sistema transparente, limpio y honesto.
Estoy convencido que con esta visión de ataque a la corrupción y, por otro lado, la expansión de la economía a través del gasto de los supuestos excedentes, dejarían al grueso de la población en el mejor de los casos en una situación muy similar a la que están hoy. Esto si se cumple la débil promesa de no interferir con los fundamentales de la economía de mercado: Banco de Mexico, precios de garantías o acciones intervencionistas que con el afán de “demostrar” un cambio, pueda, ahí si, representar una ruptura muy profunda en la estabilidad económica del país y de las familias. La falta de resultados puede ser la brecha más peligrosa hacia la intención bolivariana.
Ahora, regresado a la promesa fundamental del Candidato de Morena, no sólo creo que la corrupción no desaparecerá. En el mejor de los casos podrá mejorar marginalmente, solo cambiar de manos o incluso empeorar. Esto dejaría al probable próximo gobierno sin los “recursos excedentes” para lograr su ambicioso plan setentero de revolucionar al país institucionalmente. Y ahí, cuando el desencanto sea cada vez mayor, y el líder amado ya no se sienta así, ahí sí es cuando puede empezar el verdadero peligro.

Gálvez vs AMLO

El futuro del país me preocupa. La incertidumbre parece reducir el futuro del país en 2 caminos: o la continuidad de la corrupción, o el cambio hacia el terreno de la demagogia. ¿Cual es el menos peor? La respuesta nunca dejará de ser controversial, pero como bien lo mencionó Isaac Katz, académico del ITAM en un twit reciente: La corrupción inhibe el crecimiento económico, la demagogia destruye la economía. Coincido parcialmente con su opinión. Al menos lo suficiente como para tener claro que sí podríamos estar peor con AMLO.

Ahora, ¿Por qué Xóchitl contra AMLO? esto suena a una aspiración presidencial de la actual delegada de Miguel Hidalgo, pero es evidente que Galvez no se encuentra, al menos no todavía y para esta vuelta, en la lista de presidenciables.

¿Entonces?

Algo quedó muy claro en la elección del Estado de México, y en las pasadas 2 elecciones presidenciales. AMLO resulta ser muy malo en elecciones cerradas. No consolida alianzas, su temperamento lo hace pelearse con medio mundo y mandar las señales más equivocadas a quienes comienzan a considerar votar por él o por su partido. AMLO no ha comprendido que las elecciones en Mexico se han ganado y se seguirán ganado en función de quien sepa seducir a ese elector apartidista, fuera de la ideología y el dogma. Ese elector que intuye y lee las señales más finas sin quizás saberlo.

¿Por qué Galvez? vamos a meternos por un momento en la cabeza de Andrés Manuel. Su discurso se centrará en la corrupción y el mal gobierno. Eso ya lo sabemos todos. No sabemos aun quien podrá ser ese candidato de oposición o independiente que se le acerque en las encuestas. No sabemos si veremos el intento de un Macrón Mexicano, o una optimista aproximación. Lo que hoy tiene seguro AMLO es su bastión: El DF.

¿De verdad lo tiene seguro?

Sus 3 gallos hasta el momento parecen tener menos “punch” que la maestra Delfina. Un Monreal con ya varias denuncias encima de él y una pésima labor en la Del. Cuauhtemoc; Claudia que sonríe menos que Cuauhtemoc y Batres que pareciera un mal remake de los líderes del Partido Comunista de 1960. AMLO se confía, no hay perredistas ni panistas con fuerza tampoco.

Pero Xóchitl puede tener un juego diferente. Tiene credibilidad y el empresariado la respeta. A pesar de las jaurías vecinales, ha sabido sobrellevar los conflictos con acierto, y cuenta con un equipo de gente respetable que ha cumplido con con sus funciones. El juego de Xóchitl en el tablero puede representar mucho más que una candidata digna para el gobierno de la CDMX. Xochitl puede poner en grandes aprietos a Andres Manuel. Xóchitl puede apedrear el gallinero que AMLO ve hoy como su terruño más fiel. Y en un escenario donde AMLO necesita tener todo su enfoque fuera de casa, y construir una candidatura en los estados donde Morena y él mismo aun generan mucha desconfianza, ver que le compiten “su Ciudad” lo puede volver loco.

Y ver a AMLO volverse loco es el mejor escenario para sus contrincantes.

Xóchitl puede, si juega bien sus cartas, matar dos pájaros de un tiro. Ser una digna contendiente para gobernar la ciudad, y al mismo tiempo sacar a Andres Manuel de su centro, distraerlo hasta que él mismo se pierda. Ayudar a quien sea que le haga competencia.

Para esto Xóchitl necesita comprender que no tiene ni amigos ni enemigos pequeños. Que la visión de ciudad empieza atacando los problemas más relevantes, entrando al debate como jugador importante y estableciendo alianzas que le permitan construirse como una alternativa viable, de poder, con fuerza. Con la credibilidad de quien ha abanderado al PAN sin mezclar su ADN con sus malas prácticas o su ideología conservadora. Alguien que nunca ha dejado de ostentarse como independiente pero que en su favor puede echar mano del sistema. Con aliados que pueden figurar de manera muy importante como Arne, si el esfuerzo se orienta en construir una agenda, y no seguir levantando botes.

Ya veremos si Xóchitl se logra meter en la pelea, pero sobretodo, si llega ahí,  en la cabeza de AMLO. Ojalá.

¿Por qué AMLO NO?

Hace algunas semanas coqueteé con lo impensable. Al ver el deterioro de las cosas al grado al que están, me cuestioné si votaría por AMLO en 2018. El sólo cuestionármelo ya es para mi algo que en mucho tiempo hubiera considerado impensable. Quizás le vendría bien a este país un buen jalón de orejas y cambio de formas. Pensé. Igual le vendría bien una violenta cacería de brujas y ver finalmente al expresidente en prisión. Quizás.

Pero pronto recuperé mi anti Amlismo. Y aquí expongo algunas razones para sustentarlo.

  1. El menos peor no es virtuoso: Mucha gente responde, ante las críticas a AMLO, ¿Pero, entonces votarías por el PRI o por el PAN? independientemente de que no me considere partidario de ninguno, me parece que esa respuesta no es la correcta. Si su adoración por AMLO es porqué es mejor que el PRI, de verdad tenemos un serio problema de donde ponemos la vara para medirnos. No sé por quién termine votando. Y no se si mi voto termine siendo determinante, pero apoyar abiertamente a un candidato, porque él dice que va a arreglar todo lo que los otros han hecho mal, pero con total ausencia de “cómo” y con un “track record” bastante cuestionable, me parece sintomático de la mediocre naturaleza conformista arraigada en nuestro ADN . No señor, yo no pienso darle mi apoyo al menos peor.
  2. No es transa. Eso puede ser que sea cierto. AMLO no ha demostrado actuar para ser él el beneficiado directo. A pesar de que le han buscado hasta por debajo de las piedras, al parecer AMLO no se ha enriquecido, ni tiene negocios lícitos o ilícitos como la mayoría de la clase política. Eso habla de la personalidad del personaje, no le interesa el dinero. De acuerdo. Pero ¿eso lo hace el mejor, o necesariamente “bueno”? No señor. Esta persona ha demostrado durante décadas que lo que le interesa es el poder, y dudo si el poder por el poder sea más peligroso que el poder por el dinero. Hasta ahora esa obsesión enferma por llegar lo ha llevado a desacreditar a TODO lo que no está a su favor: Periodistas, críticos, caricaturistas, encuestadores, ONG’s, jueces, “instituciones”, empresarios y rivales. TODOS son parte de un comoplot si no se alinean al discurso del Mesías. TODOS.
  3. No es transa pero juega las mismas reglas del sistema. AMLO no se ha enriquecido. Pero ha permitido que en toda su estructura, su partido y sus partidarios operen de la misma manera que los viejos partidos: Con concesiones a oscuras, sin responsabilizarse de actos de corrupción evidentes, y sin la menor auto crítica. En Morena AMLO manda. Punto y se acabó. Personas cercanas a él confabulan con recursos, transan igual que los de otros partidos, pues Andrés lo sabe, el dinero y las concesiones son necesarios para ganar. Quizás no tiene la vorágine Duartiana de embolsarse los recursos a la mala, ni le apetece de ninguna manera jugar al jet-set de Miami, pero conoce las cloacas del sistema, los juegos de poder y de intereses. AMLO no cambiaría de ninguna manera el sistema de corrupción que invade todo el sistema. Su paso por el GDF lo demuestra. La opacidad en su toma de decisiones y la arbitrariedad con la que decide el rumbo de su partido, hablan de un príismo demasiado enquistado en su personalidad.
  4. El dogma como forma de convencer. Tenemos una clase política tremendamente cínica, en todos sus niveles y en todos sus partidos, incluido Morena. Pero creo que de los defectos, el dogmatismo se desayuna al cinismo. Vemoslo así, el cinismo necesita de una población pasiva e ignorante para que las “cosas pasen”. El dogmatismo utiliza esa misma población ignorante en favor de una causa aparentemente “moral”. El riesgo está en que ante el cínico la gente puede reaccionar y cambiar. Ante el mesitas, la gente deja de pensar por qué está detrás de él por una “convicción”. Y cualquier crítica (incluida la auto) resulta imposible pues conlleva una emoción de traición. No se puede criticar al bien. No se le puede juzgar ni exigir cuentas. Las deidades son muy peligrosas en la tierra, la historia no sólo de las dictaduras, sino de las monarquías nos lo han dejado claro.
  5. La incoherencia detrás del dogma. El bien cuando conviene. Cuando se le critica entonces se es arrojado del paraíso. Pero si el jugador tiene relevancia, tiene poder para la causa, entonces será bienvenido, absuelto, y defendido como parte de los soldados luminosos. Y ahí tienen a Bartlett, Monreal, o la desbancada reciente del PRD. Lo peor es que ante el dogma, el mesías difícilmente se rodea de los mejores. Los mejores prefieren pensar a sólo obedecer.
  6. La irresponsabilidad. Estoy convencido que cuando alguien alude su responsabilidad, está condenado a serle inútil a la solución. AMLO ha eludido su responsabilidad en episodios tan trágicos como los de Ayotzinapa y su apoyo a Abarca. Si uno evade su responsabilidad, al menos es honorable no apuntar al de al lado…
  7. Su tibieza en temas fundamentales. Nuevamente, como el poder es lo más importante, la postura ante situaciones controversiales se convierte en un juego suma negativa para el mesías que busca la aprobación de todos en todo. AMLO no se ha pronunciado a favor de temas de libertades fundamentales como el aborto, el matrimonio igualitario, o la eutanasia, ni ha condenado gobiernos posiblemente aliados o afines como su terrible y complice silencio ante la situación de Venezuela. No oliviemos como justificó los linchamientos de hace algunos años hablando de “el México profundo”. Y pues sí, es profundamente mexicano ser ambiguo en temas controversiales. O probablemente otros llamarían cobarde.
  8. El resentimiento. Me es imposible ver la cara de Andrés Manuel y no pensar en una persona profundamente resentida con la vida, con una clase política que le dio la espalda y que ahora quiere conquistar a la mala. Los comics que mandó imprimir cuando era Jefe de Gobierno para burlarse de las marchas por la seguridad habla de como, muy en el fondo, en él existe un resentimiento hacia el sector “acomodado” del país. Creo que es sano luchar contra la desigualdad y el profundo racismo y clasismo que predomina en nuestra sociedad, pero cualquier lucha que nace del odio la condena a contaminarse de él. Y lo que necesita este país es que ricos y pobres se vean las caras, pero en la mesa sentados, en los salones de clases de las universidades, no en un campo de batalla.
  9. Su historia. El señor no aceptó resultados electorales, despotricó contra todos sin pruebas. Y el absurdo de su protesta lo llevó a “tomar protesta” como presidente “legítimo” ¿Qué lo legitimó? una votación en el zocalo a mano alzada. Si 2/3 partes de la población no votaron por él, ¿Con qué derecho? A nivel personal, no hablan bien de él sus calificaciones universitarias ni su pobre preparación académica. Tampoco el odio que se tiene con sus hermanos. No habla inglés. No parece ser una persona culta que confíe en su inteligencia y su conocimiento (y pues si creemos que eso no es importante veamos a nuestro actual presidente).
  10. Al parecer, él tampoco quiere ser presidente. ¿Por qué digo esto? porque en el fondo creo que AMLO es de esos personajes que disfrutan ser el comentarista en el burladero. El que señala desde donde no puede ser cuestionado. Y muy en el fondo,  le rehuye a la idea de tomar responsabilidad como gobernante. Esto me quedó muy claro en las elecciones de 2012. Cuando empezó a acercarse a Peña en las encuestas (más por méritos de Peña que por él mismo), cualquier jugador en su posición hubiera moderado el discurso, hablarle al elector indeciso que estaba dispuesto a olvidar sus rabietas de 6 años atrás con tal de no ver a Peña de presidente. ¿Qué hizo AMLO? se radicalizó. Despotricó contra todos y contra todo. Anticipó un fraude sin evidencias, repitió su desgastadísimo discurso del complot y repitió y repitió que él tenía sus propias cifras. Lo que logró fue ayuntar al elector moderado, alejar el voto útil contra el PRI y perder las elecciones cuando tenía una enorme oportunidad de ganarlas. En mi opinión, muy en el fondo, a AMLO le aterra llegar.

En fin, ahí está. Que se abra la discusión y que se abstengan los zombies.

 

El 2 de Octubre Imaginario

Esta fecha es y será siempre un referente en la historia de nuestro país. Aspectos positivos y negativos se desprenden y se seguirán desprendiendo de esa tarde en la plaza de las 3 culturas. Mitos y leyendas, versiones más o menos aproximativas a lo que sucedió. Justificaciones oficialistas, un enorme botín político para algunos opositores, un parteaguas en la conciencia de la realidad política del momento, y un punto de quiebre, muy inicial, de lo que sería la nueva forma de relacionarnos con nuestra democracia, con los derechos humanos, con el monopolio del estado para ejercer el uso de la fuerza pública.

Las imprecisiones sobre lo que sucedió ese día se derivan de una falta de información documental y concluyente (¡imaginemos el 2 de octubre en la era de los smartphones!). La escasa capacidad de documentación y los pocos videos y fotografías que existen siguen manteniendo los hechos del 2 de octubre en un imaginario colectivo que le ha permitido representar la verdad más conveniente a los ojos del interlocutor.

Yo pertenezco, como la mayoría de los que hoy vivimos en este país y en esta ciudad, a una generación que no vivía en esa época pero que hoy comprendemos la importancia del hecho. Hemos crecido con la idea de que el 2 de octubre representa el primer paso en un largo y tortuoso camino hacia la democracia y contra el autoritarismo, aunque este haya perdurado en nuestro país por por lo menos treinta años más, y que para algunos aun se perpetúa. La matanza de Tlatelolco es a la democracia del México moderno, lo que en la conciencia histórica del país, el grito de Hidalgo es a la Independencia. Aun si la Independencia se materializó once años después y por actores y razones muy ajenas. Aun si la alternancia democrática tuvo que esperar más de un cuarto de siglo y, nuevamente, un contexto muy alejando al de 1968 para lograr lo suyo.

Es indiscutible la falta de certezas con relación a la tarde del 68. El dato más objetivo que podríamos tener para establecer su “magnitud”, que es la cifra de muertos, oscila entre los 20 (versión oficialista) y asciende a más de mil. Es decir, dependiendo quien describe estos hechos, tenemos un rango de “apreciación” de lo que sucedió aquel día de 20 a 1,500. Incluso las versiones más serias reducen este rango de los 4o a los 350 muertos. Sigue siendo enorme.

Observar los hechos desde esta perspectiva no tiene como intención minimizar o cuestionar la atrocidad. Suficientes errores se cometen en la interpretación de la historia con criterios del presente. Al contrario. Para mi lo que de aquí se desprende es la posibilidad interpretativa y la profundidad que estos episodios han impactado en nuestras vidas.

El caso que me llama hoy la atención tiene que ver con una de las víctimas oficialmente reconocidas, un libro, un autor, y otra vertiente del mito: Regina.

En 1989 Antonio Velasco Piña publicó “Regina, dos de octubre no se olvida”. Este libro describe a una de las víctimas del 68, Regina Teucher Perez. El libro de Velasco Piña relata la vida de Regina, como una gran mística, educada en el Tíbet y China. Una iluminada que regresó a México para despertar la conciencia sobre nuestras raíces y nuestra Mexicanidad perdida. Velasco Piña ha mencionado que él conoció personalmente a Regina, esa Regina que se ofreció en sacrificio para completar el número de caídos que el ritual requería.

Hay otra Regina (¿La misma?) que sí figura entre las víctimas oficiales de la masacre. Ana María Regina Teuscher Krüger. Joven de 19 años, de padres germano-mexicanos. Estudiante del Colegio Alemán, y de la carrera de medicina de la UNAM. Una víctima inocente de aquella tarde que nadie esperaba.

La familia de Regina ha mostrado su aberración a lo que Velasco Piña y el grupo de seguidores de su historia han querido construir sobre la muerte de su hija-hermana. Incluso Elena Poniatowska deslinda a la joven de las “fantasías” de Velasco Piña en este articulo. Las coincidencias son demasiado grandes si se habla de la identidad de la persona. Las historias son absolutamente contrarias. En una existen hechos, testigos y datos concretos. En la otra la capacidad descriptiva de un autor. Incluso en la presentación de uno de los libros, la hermana de Regina recriminó en persona a Velasco Piña el lucro obtenido con la identidad “robada” de su hermana. Él sólo respondió: “Existen varias Reginas”.

Así es, y existen varios 68. Aunque haya sido sólo una tarde, en el mismo lugar y con las mismas personas.

La respuesta de Velasco Piña me intriga. Pues no dice “hay otras Reginas” o “No hablo de ESA Regina”. Su respuesta es “Existen varias Reginas”. Como si pudiera esta frase argumentar “Existen varios Velasco Piñas, o existen varias Elenitas Poniatowskas, o existen varias realidades, las factuales, las múltiples históricas, las espirituales, las paralelas, las que se pueden acceder con la imaginación”.

Al final creo que el lucro de la masacre no es exclusiva del escritor. Basta con revisar algunos de los “prominentes” próceres de la ideología de la izquierda mexicana. Lo relevante es la capacidad de traducir un hecho en función de la intención individual, y el mensaje que puede recibir la colectividad.

Lo que me parece importante de esta historia no es concluir sobre una verdad concreta. Ya lo mencioné al inicio, esa tarea es imposible. No sólo en lo que sucedió el 2 de octubre, si no en casi cualquier episodio relevante de la historia, de la política e incluso de la vida de todos los días. Lo que me parece interesante es poder comprender qué es lo que sucedió más allá de los hechos lineales. La postura fácil y racional es desacreditar a Velasco Piña y simpatizar con la familia de la víctima. En mi perspectiva, lo que Velasco Piña ofrece es una ventana diferente para comprender con una mayor profundidad el origen y el impacto de los hechos.

Para poder acceder a esa otra forma de leer una verdad, es necesario comprender, o al menos hacer un intento, que la realidad que podemos observar siempre estará limitada a nuestra posición como observadores. Que la verdadera verdad (sí, la verdadera verdad) va mucho más allá de la construcción lógica de hechos, testimonios y pruebas que dejen satisfecho a nuestra razón. Que la linea entre la realidad y la imaginación, que hemos sido instruidos en delimitar con una gran muralla, es mucho menos rígida y que basta con recordar episodios de nuestro propio pasado individual para llegar a varios puntos donde nos es difícil discernir entre lo que realmente sucedió, lo que nos han dicho que sucedió, y lo que nos imaginamos que sucedió. No nos damos cuenta que, tanto en lo individual como en lo colectivo, muchas veces caemos en la trampa de pensar que nuestra realidad está construida únicamente con hechos fehacientes, y que poco tenemos que ver con nuestros propios procesos imaginativos.

El mejor ejemplo que puedo pensar en este sentido es la versión de Saramago sobre la vida de Jesús en su “Evangelio según Jesucristo”. Sin tener necesariamente el “valor” de un documento “histórico”, el controvertido libro del Portugués explora, desde el conducto incuestionable de su imaginación, una (una de varias) realidad del personaje que cambió al mundo.

Al final, creo que la mejor manera de honrar mi postura sobre el 2 de octubre es leer a Velasco Piña, conocer a esa existencia de Regina que él ha decidido relatar y encontrar en su verdad una postura que me ayude a construir(me) una mejor verdad.

Inteligencia, Discernimiento, Escucha y Seguridad: El Arte de Tomar Decisiones en Política

Los hechos recientes en la política de nuestro país nos hacen pensar en una enorme paradoja: ¿Por qué una persona con la supuesta inteligencia para llegar a la presidencia (no importa los medios y los planes de quienes lo impulsaron) puede en la práctica tomar decisiones a la vista tan equivocadas? o cómo diríamos en la calle, ¿Cómo es posible que un pendejo de ese tamaño sea nuestro presidente?

Mi primer pensamiento es lo complejo de determinar la inteligencia humana. Todos sabemos que el desempeño académico no la determina, como tampoco lo hace un bagaje cultural o una experiencia de vida de tales o cuales características. Hablar de La Inteligencia es meternos en miles de interpretaciones, perspectivas, y formas de medición que resulta imposible establecer un consenso de lo que se tiene que tener para ser o no inteligente, o al menos más inteligente que otros o que el promedio.

Como egresado del ITAM me enseñaron que la inteligencia estaba directamente relacionada a la comprensión y capacidad de abstracción de conceptos económicos y matemáticos, pero era poco o nada premiada la habilidad demostrada de las personas de poder contrastar dichos conceptos en la realidad y contexto de nuestro país o comunidad. La inteligencia emocional era otro aspecto no sólo descuidado sino ignorado en la visión formativa de mi alma mater. Todo lo contrario. El objetivo formativo muchas veces parecía fortalecer una inseguridad interna que motivaba a ser “overachievers”como forma de sobresalir.

Hoy creo que la inteligencia se sustenta en nuestra capacidad de discernir. De tomar las mejores decisiones,  considerando el impacto inmediato, no tan inmediato, que pueden tener en el entorno, en las personas que te rodean y la comunidad a la que perteneces. El discernimiento es esa pausa interna, en el que sopesamos impulsos con reflexiones, información con intuición, costos contra beneficios, consecuencias y alteraciones. El discernimiento no nos exime de equivocarnos, pero si nos regala la oportunidad de tomar decisiones con consciencia.

¿Qué elementos determinan un correcto discernimiento, y para ser más precisos, en decisiones relevantes de una alta esfera de impacto político? En mi perspectiva son sólo dos. La capacidad de escucha y la confianza individual.

La capacidad de escucha, en un entorno político de alto rango, está asociado a la calidad, diversidad y rol que juegan las personas cercanas al tomador de decisiones. Así como el respeto, humildad y profundidad con la que el líder recibe los diferentes puntos de vista.

Revisando la historia reciente de los presidentes de México, considero que tuvieron buena capacidad de escucha Miguel de la Madrid, Carlos Salinas, Ernesto Zedillo, Vicente Fox y Enrique Peña. De estos, muchos establecieron “jerarquías” y fueron seducidos de manera excesiva por un interlocutor, lo que los llevo a discernir con un sesgo peligroso: Carlos Salinas, Vicente Fox, y Enrique Peña; cada uno con su “preferido” que muchas veces respondió a sus propios intereses o ambición: Cordoba Montoya, Martha Saghún y Luis Videgaray. Felipe Calderón, padeció su incapacidad para establecer una posición más humilde y más abierta a la hora de dejarse asesorar. Su inteligencia rápida y sagaz, sumada a la testarudez y falta de confianza en los demás, lo llevó a tomar decisiones sin considerar todos los escenarios y todas las consecuencias.

El segundo elemento de un correcto discernimiento es la confianza en la decisión que se está tomando. La confianza que tiene la persona en su habilidad de identificar riesgos y beneficios, de extraer en cada comentario lo más valioso y lo que no es importante. Y moverse en la dirección de su decisión con absoluta responsabilidad, que implica, de antemano, pagar los costos que cualquier decisión conlleva. Incluso, la confianza se demuestra en la capacidad de recapacitar, echar marcha atrás, y corregir el rumbo, con las disculpas honestas correspondientes. La confianza se puede ver en la forma en el que una persona puede responder a una pregunta no planeada, a la capacidad de improvisar, a la velocidad de mente, tono, y forma en la que afronta situaciones no planeadas. A la seguridad que transmite hacia sus interlocutores, y la firmeza con la que se expresa cuando no está de acuerdo con algo.

¿Quienes han sido tomadores de decisiones “seguros” de si mismos? vámonos ahora sí por orden cronológico: Miguel de la Madrid, definitivamente no lo fue. Carlos Salinas actuó durante casi todo su sexenio con una implacable seguridad, que se desmoronó en su ultimo año de gobierno. De manera inversa, la seguridad en la toma de decisiones de Zedillo fue en crecendo durante su sexenio. Vicente Fox parecía muy seguro durante su campaña, pero en el poder fue perdiendo seguridad al aferrarse a consensos generales que nunca lograría (buscaba decisiones que no tuvieran costo, y al final salían mucho más costosas), y sus últimos años fue delegando ese poder a su esposa. Calderón es quizás el presidente más “seguro” en su toma de decisiones, y muchas de las más controversiales las mantuvo a pesar de volverse francamente impopulares, como la guerra contra el narco. Enrique Peña parecía determinado durante sus primeros dos años de gobierno, con el Elbazo y las Reformas, pero a partir de los escándalos de corrupción, Enrique no ha salido de un loop donde cada decisión que toma le sale de mal en peor.

En resumen, tuvimos a un presidente humilde pero indeciso en De la Madrid, lo que le costó al país 6 años de estancamiento. Un presidente que escuchaba pero que pronto se dejó influenciar por una sola persona, lo que a pesar de una enorme seguridad, le hizo caer en desastroso final de sexenio, la historia de Carlos Salinas y Cordoba Montoya. Ernesto Zedillo pagó las consecuencias de llegar a la silla como bateador emergente y con ajustes demasiado tempranos en su mandato, lo que provocó que la crisis económica derivada de la devaluación del 94 fuera mucho más profunda de lo que pudo haber sido. Sin embargo, su confianza y su capacidad de asesorarse fue creciendo y selló su sexenio con la medalla de la alternancia y con importantes cambios tanto económicos como democráticos. Vicente Fox hizo un esfuerzo forzado por rodearse de los mejores (hasta head hunters contrató) pero a la hora de las decisiones importantes buscó de manera ingenua las decisiones conciliadoras, cometiendo errores importantes por esa ingenuidad. Esto lo llevó poco a poco al desencanto por el poder y delegar lo que no se puede. Calderón se rodeó de un equipo de jóvenes que lo veían como su mentor, más que de un grupo de expertos que lo pudieran confrontar o retar en decisiones e inteligencia. Optó por ser el capitán que quiere jugar todas las posiciones, y que no pasa el balón. Si bien considero que fue congruente en las decisiones que tomó, su intención y su fundamento, su ejecución pudo ser mucho más efectiva si hubiera tenido un equipo de mejor nivel. Finalmente llegamos a Peña. Es probable que los dos primeros años ya estuvieran de alguna manera “planchados” y que las primeras grandes decisiones estuvieran marcadas por la experiencia directa de sus mentores (el famoso “Quinazo” y los cambios estrucutrales), el problema fue cuando el script se movió y tuvo que entrar su verdadera inteligencia y juicio. Peña ha resultado ser el mismo que vimos en la feria del libro. El soldado impecable en la ejecución de lo que ya tenía un plan, pero el perrito en el periférico cuando se encuentra en la soledad del discernimiento. Hoy tenemos a un presidente atropellado. Cometió el mismo error que Carlos Salinas al reducir su grupo de escucha a una persona. Pero con una mucho menor seguridad para tomar decisiones.

El futuro de Mexico requiere en sus esferas de poder personas con capacidad de discernir. Esto implica un bagaje de conocimiento y experiencia importante combinado con la humildad de saberse rodeado de los mejores, y la congruencia de afrontar las equivocaciones.

Hagamos nuestros respectivos juicios. En mi sentir pocos en la primera linea cumplen con esta dualidad. José Antonio Meade, quizás en menor medida Ricardo Anaya. Y otros que claramente pueden retomar lo peor de los anteriores. Andrés Manuel ha dejado muy claro que él es el mandamás de sus campañas, partido, y estructura. Por eso desconcierta verlo rodeado de personas como Elenita pero presume poco la confianza que tienen en él personas con el peso de un Juan Ramón. En ese sentido Lopez es más parecido a su némesis Calderón, de lo que él mismo puede observar. Pero a la hora de la confianza, Lopez Obrador ha resultados ser bastante menos congruente que el propio Calderón. Su postura hacia premisas liberales como el matrimonio igualitario, el aborto o la reciente oferta de “amnistía a los corruptos” han sido tan tibias como muchas de las decisiones que tomó su otro Némesis, Vicente Fox. Entonces, ¿estamos ante un candidato con un discurso atractivo, pero que en los hechos es un tomador de decisiones inseguro de su discernimiento y con nula capacidad de escucha? Tengamos cuidado, porque sí, sí podemos estar peor de lo que estamos.

El no circula que no resuelve.

Es el tema de moda. Para ser honesto cuando llevas 6 años sin coche este tipo de noticias te pueden valer un poco, excepto por el pequeño detalle de que la calidad del aire afecta a todos. Los de a carrazo y los de a pie.

Este es el meollo del asunto. Lo público vs lo privado y cuando las decisiones de unos afectan a todos. Como resolver temas del medio ambiente y movilidad no  deberían de distar mucho, en esta lógica, las políticas que controlan o regulan el consumo de ciertas substancias como el tabaco, el alcohol, o alimentos altamente calóricos, y donde el bien común  se sobrepone a la libertad individual del consumidor. Como ejemplo, hoy son casi incontestables políticas de consumo de tabaco en espacios públicos cerrados, a pesar de que se pueda argumentar que esto atenta a la libertad de la persona, y la razón es sencilla: Los terceros afectados.

El otro camino para mitigar este tipo de afectaciones son los impuestos,  que tienen como segunda finalidad (después de su objetivo recaudatorio) la de compensar las externalidades negativas que el consumo o la actividad de agentes privados puedan generar a la población en general. Los impuestos al cigarro, a las bebidas alcohólicas o a los refrescos con azúcar, tienen como fundamento que el gobierno compense a través de este ingreso los costos a nivel público y social que su consumo genera, por ejemplo, en gastos de salud. Bajo esta línea de pensamiento, un impuesto a los refrescos cuando vivimos una crisis de salud derivado de su consumo, no sólo resulta lógico y sensato, sino también justo.

¿Entonces por qué no afrontar el tema de movilidad con el mismo fundamento? Cada vez que una persona utiliza su coche genera externalidades que implican un costo a la sociedad: el tráfico que se genera, impacta negativamente en tiempos de traslado y por lo tanto en la productividad de la ciudad; la contaminación afecta la salud de todos; la utilización de la infraestructura de calles y avenidas le genera un costo de mantenimiento al gobierno que al final se paga con nuestros impuestos. Usuarios y no usuarios. ¿No resulta, entonces, una política que incentiva  el uso del coche profundamente injusta? ¿Al hacer pagar a justos por pecadores, nuestras políticas de movilidad no son fuentes apuntaladoras de una desigualdad social? Por supuesto que sí. De ahí que resulte absolutamente contradictorio que nuestros gobiernos de izquierda hayan sido tan proclives a incentivar el uso del coche de manera desmedida. Y hoy estamos padeciendo las consecuencias de fondo.

Resulta fundamental hoy entender cómo el gobierno de Lopez Obrador incursionó en opacas y mesiánicas obras de infraestructura automovilista como los segundos pisos. Obras torpes y toscas que no solo no resolvieron los problemas de movilidad sino que también alteraron el espacio visual y vital de la ciudad transgrediéndola, dejándola estéril para la vida pública en esos ejes. También fomentó medias como la licencia de manejo indefinida. Claramente para Andrés Manuel fue más importante dejar “obras que se vieran” que pensar en las consecuencias de mediano plazo: Más coches, más gente manejando. Hay que anotárselo en su CV de supuesto estadista.

Después llegó Marcelo, que perfeccionó el modelo de crecimiento de infraestructura automovilística con construcciones más eficientes pero no por eso mejores para resolver el problema. La moda fueron las súper vías de cobro que hoy han resultado en evidentes modelos de complicidad corrupta. Si bien Marcelo comenzó con una política más agresiva hacia el uso de transporte público alternativo (ecobicis, metrobus) los esfuerzos relativos de estos vs las inversiones en infraestructura cochista son incomparables. Eso sin mencionar lo que ya se sabe de su magno proyecto de transporte público: la Línea 12.

Con Mancera se consolidaron los incentivos al automóvil con la abolición de la tenencia y la reciente eliminación de las restricciones de la calcomanía 0 y 00 a autos viejos. Nuevamente las políticas de movilidad parecieran seguir una lógica contraria a cualquier política pública que busca reducir las externalidades y costos sociales, al fomentarlos. Es como si el gobierno, por popularidad, hubiera permitido nuevamente que la gente fumara en espacios cerrados, o subsidiara a las refresqueras para ofrecer cocacolas más baratas. No se resolverían los problemas de salud, sino todo lo contrario. Pues así está nuestra ciudad.

De ahí que el “castigo” reactivo y mediático (¿quien asesora a estos gueyes?) del Hoy No Circula, que intenta mandar una señal de responsabilidad y de “tomar cartas” en el asunto no es otra cosa que exactamente lo contrario, pues no pone en tela de juicio el fondo equivocado de la política urbana y de movilidad que nos tiene, como ciudad y como personas, enfermos. Y la falta de efectividad de la medida provoca un doble problema, pues no soluciona y posterga la solución de fondo. A esa altura está nuestra clase política.

En mi opinión la oportunidad de esta crisis es la transformación de políticas públicas y visión de ciudad de fondo, y en todo los ámbitos. Con un principio fundamental: los coches generan externalidades negativas, por lo tanto hay que hacer que las paguen. Elevar el costo de transportarse en coche genera muchos beneficios de inmediatos: Desincentiva su uso, y le provee al estado recursos para invertir. El caso más evidente (sin estar a favor de ese modelo) son las vías urbanas de pago. Ahí, el tráfico es sustancialmente menor, así como los tiempos de traslado y la contaminación que se genera. Entonces ¿Por qué no nos convertimos en una ciudad-vía-de-pago? y con esto no me refiero a seguir invirtiendo en este tipo de infraestrucutra, sino en encarecer el uso del transporte privado no compartido.

Hay muchos caminos para hacerlo. De entrada, algo sencillo sería regresar a los impuestos por tenencia y por uso (gasolinas por ejemplo) de los coches. Eliminar leyes que obligan a establecimientos o a nuevas construcciones a tener estacionamientos (incluso, porque no, prohibirlos).  y crear avenidas o zonas donde el acceso sea restringido o con costo. Incentivar espacios peatonales y aumentar la infraestrucutra de bicicletas nunca deben restarle espacios al coche. Eliminar la gratitud de estacionamientos o incluso generar nuevos impuestos a estos espacios como, por ejemplo, el de ocupación hotelera. Esto elevaría el costo monetario, en tiempo y practicidad de tener auto, y con la expectativa de cambiar poco a poco nuestro apego cultural (y de status) de tener coche. Imaginen que las políticas de desarrollo urbano estuvieran alineadas en este sentido, que se le permitiera a desarrolladores construir más pisos o con mayor densidad si se omiten lugares de estacionamiento, ¡Desde ahí la gente empezaría a cambiar sus conductas!

Finalmente se debería llevar a cabo un ejercicio presupuestal donde la asignación de recursos fortalezca las condiciones de transporte compartido. Hoy hay muchas alternativas para no tener coche. Servicios de Car Sharing como Carrot, de scooters como Econduce, el propio Uber, o Ecobici (que han superado por mucho sus propias expectativas de adopción y crecimiento), son alternativas que si tuvieran más apoyo gubernamental podrían expandirse a las zonas que más movilidad requieren a precios accesibles. Incrementar la infraestructura de metrobuses, trenes ligeros,  no sólo en tamaño sino en calidad y número de unidades, y de otras alternativas de transporte público que no requiera inversiones millonarias, puede balancear la disyuntiva del ciudadano de a pie de cómo moverse.

La mala noticia es que estas medidas en el corto plazo resultarían muy impopulares aunque a la larga nos darían un gran resultado de ciudad y una mejora considerable en la calidad de vida de quienes vivimos.

Así que enojémonos por esta medida parcial y superficial (como ha resultado todo el personaje de Mancera) pero por las razones correctas. No sólo por la implicación cotidiana de tener que resolver nuestra movilidad de otra manera 1 vez a la semana, sino porque esta medida no  contribuye a una solución de fondo. Enojémonos con quienes nos vendieron espejitos con políticas de movilidad suicidas, sin prever el enorme daño que nos ocasionaría. Pero sobretodo enojémonos con nosotros mismos de no apoyar o criticar estas medidas cuando se dieron, por parecer benéficas en el corto plazo. Entonces así, el enojo valdrá para algo.

 

Margarita y los Partidos Partidos

Ayer leí un artículo de Jesus Silva Herzog donde se desgarraba un poco las vestiduras por el anuncio de Margarita Zavala de aspirar a la presidencia aun sin en apoyo del PAN.

Después de acabársela con argumentos bastante contundentes, sobre la falta de experiencia y capacidad de la potencial candidata, Silva Herzog se mostró sumamente molesto por la actitud desafiante de Margarita al PAN, como si fuera hoy impensable que un político pudiera “desalinearse” de la institución partidista, como si fuera un hecho sin antecedentes que pudiera afectar de alguna manera el circulo perverso de la democracia mexicana.

¿En verdad es una amenaza que un candidato anuncie que aspira con o sin partido a un puesto? ¿Amenaza de quién hacia quién y para quien?

El país ha dado un avance impensable en términos de las candidaturas independientes y lo que se logró en las elecciones pasadas habla de un potencial que no se queda a nivel de una oposición a modo y limitada por el propio sistema.

Es más, lo que antes hubiera sido el saltadero de un partido a otro de quienes consideran merecer tal o cual candidatura, parecen hoy tener una vía mucho más libre y posible que el saltar a otro partido, pactar y “negociar” con su nuevo “representador”.

A mi me parece que el hecho de que un candidato decida participar fuera del contexto de un partido político, desafiando o no a este, es un ejercicio que acerca el proceso democrático a la gente y lo aleja de las cúpulas. Al final, la posibilidad real de una desbancada de candidatos de un partido político hacia candidaturas independientes implicaría una división en su intención de voto, y por ende, reconsiderar el poder de peso que tal o cual candidato pueda tener. Y eso, sí, debilita a los partidos, sí. Buena falta les hace.

Al final el PAN está poniendo sobre la mesa el balance que podría “equilibrar” la intención democrática de candidatos independientes con la via institucional y de gobrenabilidad que los partidos le dan al sistema. Este vehículo es la segunda vuelta en la elección presidencial. Un esquema que permite a los ciudadanos emitir su voto de manera libre en una primera ronda, y de manera útil en la segunda.

Como ciudadano me encantaría ver dos boletas en 2018. Una donde personajes que no cuenten con el respaldo “sistemático” hagan valer su fuerza propia. Y una segunda que me permita elegir, o en su defecto, descartar a quien no quiero que llegue al poder.