¿Cuánto tiempo?

LA PREGUNTA resume el estado actual ¿Cuánto tiempo? en ella se esconden otras preguntas ¿Qué tan fuerte? ¿Cuántas vidas? ¿Cómo le voy a hacer? ¿Cuánto dinero?

Las críticas gubernamentales, las teorías de conspiración, los esfuerzos por comunicar o desinformar empiezan a pesar cada vez menos. La ansiedad, la angustia, el enojo, la frustración se hacen más notables. La realidad externa parece haberse metido. Incomoda pues todo resulta fuera de la normalidad.

Entonces surgen voces internas de cuestionamiento a esa ya-antigua normalidad. ¿En realidad era sostenible tanta “comodidad”? lo que consumíamos, lo que viajábamos, ¿la atención que le dábamos a lo valioso versus el precio de lo que pagábamos por lo costoso? Como humanidad estamos despertando en nuestra vulnerabilidad en medio del pico más alto de egocentrismo. Solos y no podemos compartir esta soledad con casi nadie. Menudo valor para los millones de follows en confinamiento. Entonces nos cuestionamos la autenticidad de nuestra plenitud. En cuatro paredes ¿podemos seguir aparentando?

Si comprendemos desde una perspectiva donde existe una inteligencia mayor, ya sea de dios, de la tierra, de las plantas o del cosmos, la realidad que vivimos es un ajuste. Un re-balance. Una sacudida que nos saca de una zona de confort en la que ni siquiera habíamos visto que habitábamos. En pocos días nos hemos enfrentado a la incertidumbre, pero también a la cotidianidad escondida. A la realidad de nuestro hogar, nuestras familias, nuestro espacio vital que quizás evadíamos en nuestra operación diaria. El proceso se convierte en una confrontación en tres vías. 1. El exterior que constringe; 2. Mi circulo cercano que confronta y espejea; 3. Mi realidad interior  ineludible y amplificada.

Y la pregunta sigue siendo la misma ¿Cuánto tiempo?

Me gustaría replantear la pregunta. ¿Cuánto tiempo para que en vez de regresar a la normalidad de antes, tengamos que transitar a una nueva realidad?

Si pasan dos o tres meses, quizás regresemos a la de antes. Golpeados. Con menos  recursos, y deudas que no preveíamos. Es probable que nuestros negocios o trabajos continúen. Dentro de esta antigua normalidad nos enfermaremos de lo que nos íbamos a enfermar. Nuestro planeta terminará por dar los coletazos que ya se anunciaban, y la normalidad de antes simplemente habrá aprendido a que ante el menor brote, todos vamos pa’ adentro sesenta días. De ser así, en algunos años voltearemos a estas semanas y les daremos sólo un valor anecdótico.

Pero ¿qué pasa si los escenarios “catastróficos” se cumplen? ¿Si la economía colapsa, junto con las líneas aéreas, el turismo y una buena parte de la industria? ¿Si la mayoría perdemos nuestro trabajo y nuestro sustento? ¿Si vemos a muchos de nuestros seres queridos morir por falta de preparación en las autoridades, o simplemente porque el efecto sea imposible de controlar? Este escenario se mantiene vigente. ¿Qué pasaría si los mercados financieros se derrumban y lo perdemos todo? ¿Si los sistemas de pagos o ahorros se ven comprometidos por una caída generalizada en las fuentes de poder o redes que las sostienen? (y con esto no me refiero a la FED o los Rothschild, sino a la CFE).

¿Cuánto tiempo para que nuestra normalidad sea dramáticamente transformada? Y en ese momento, ¿Cómo estarán mis otros “aspectos de normalidad”? ¿Veremos una sociedad que, a través de relaciones de familia desgajadas se vuelcan en violencia? ¿Nos volveremos seres  irracionales con conductas de bestias de caverna? o ¿veremos seres humanos más conectados primero con nosotros mismos, con nuestro círculo cercano, y después con el resto del mundo?

Y ¿cuánto tiempo necesitas tú para cambiar tu normalidad? Reconocer lo que sientes y poder observar con un ojo crítico lo que esta llamada te está queriendo decir a TI. ¿Cuántos días tendrán que pasar para transformar tu presencia, para poder reconocer el reto, y estar a la altura? O en el congelamiento del choque de incertidumbre ¿Te quedarás como espectador de tu propia degradación?

Necesitamos actuar en las pequeñas cosas. En la prudencia, en la compasión, en la colaboración. En calma ante lo que desconocemos, lo que no podemos prever ni controlar. Quizás sea el momento en que el universo nos pone a prueba para empujarnos a nuestro más alto grado de congruencia. A revisar nuestro cuerpo, nuestra familia, nuestro consumo, nuestro impacto ambiental. A revisar nuestra historia y retomar lo que es importante. A dedicarle tiempo a nuestra pasión e impeir que nuestra resistencia se alimente de angustia. Pensar en salud, actitud, acción, entendimiento, aprendizaje, desarrollo. Ejercitar el cuerpo y la mente en los ratos que podamos. Hablar con nuestros hijos y llamar a nuestros padres. Planear la vida que viene. Comprender las oportunidades de cambio profundo y no sólo el oportunismo de corto plazo. Estar en un espacio de amor. Amor propio primero. Amor a los que tenemos cerca.

Y entonces, el tiempo que pase (con todo lo que se lleve de calle, en medio del dramatismo, la crisis financiera y de identidad, en la violenta ruptura de los paradigmas que nos han formado) habrá valido la pena.

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