AMLO: Dos dogmas huecos que le darán la presidencia.

La contienda electoral de este año parece empezar a marcar a un inevitable ganador. El candidato de Morena sin embargo no ha ajustado su plan de país o profundizado en mejores propuestas. Su campaña sigue sin establecer con claridad los cómos, al igual que en las dos campañas anteriores. Entonces ¿Qué lo tiene tan arriba, al margen de lo flaco de la “caballada”? Me parece que la respuesta se centra en dos propuestas que casi se han vendido como verdades o dogmas al rededor del candidato. Dos esperanzas que, nuevamente sin decir cómo, será la gran diferencia entre su gobierno y los anteriores: La corrupción; y lo que se podrá hacer con ese dinero que en el imaginario colectivo, y en parte en la realidad, hoy desaparece todos los días de las arcas del gobierno.
Andrés Manuel entendió que el cinismo y el descaro con el que se ha manejado el país es sin duda su mejor activo. Y el electorado parece responderle favorablemente. La expectativa de que Andrés Manuel puede terminar con la corrupción es el anhelo que está convenciendo a muchos de los votantes moderados que en elecciones pasadas le dieron la espalda.
Ahora,  ¿qué tan real y qué tan factible es esa bandera anticorrupción de Morena? Aquí hay dos ángulos. El pasado y el futuro.
Si revisamos la gestión de AMLO durante la jefatura de gobierno, así como muchas de las entidades que han sido gobernadas por su partido político, no se han distinguido por ejemplares en temas anti corrupción. En el DF, por ejemplo, los gastos de los segundos pisos fueron reservados como información confidencial, y aunque el escándalo se centró en Bejarano y los billetes, no podemos olvidar que el empresario Ahumada estuvo detrás de muchas de esas obras. Opacidad y corrupción son un binomio no solo conveniente sino vital para que el segundo pueda subsistir. En ejemplos más recientes, Delegaciones como Tláhuac o Cuauhtemoc se han visto inmersos en escándalos donde las autoridades delegaciones fueron señaladas por favorecer con contratos a empresas de personas cercanas al delegado, funcionarios de alto nivel atrapados con inexplicables cantidades de efectivo, o vínculos directos con asociaciones criminales dentro de su demarcación. Decir que Morena terminará con la corrupción, es al menos una afirmación que en los hechos no ha correspondido con la experiencia de gobierno del propio candidato, como tampoco lo ha sido dentro de las más importantes demarcaciones que hoy gobiernan.
Hacia el futuro, la promesa de eliminar la corrupción sólo con la buena voluntad y ejemplo moral del líder, resulta no sólo ingenuo sino hasta sospechoso como argumento. El estado impoluto soy yo, parece decir AMLO en tono Luiscatorciano. Sin embargo la corrupción es un fenómeno demasiado complejo para erradicarlo con pura voluntad. La corrupción en el país trasciende a un problema meramente “cultural”. Es una realidad sistémica. Donde quienes tienen el poder de realizar los cambios de fondo que podrían cimbrar las estructuras de ese sistema tienen todos los incentivos para no hacerlo. El país se ha movido en la dirección correcta, aunque de manera tímida en ese sentido. El Instituto Federal de Acceso a la Información, el Sistema Nacional Anticorrupción, la reciente eliminación del fuero, o la misma presión de los medios, se han convertido en herramientas más o menos eficaces para impulsar el escrutinio público. Sin embargo estas estructuras carecen hoy de los dientes necesarios para poder “morder” de fondo a los responsables. El problema de la postura de AMLO es que no propone con claridad los mecanismos de transparencia, rendición de cuentas y sobretodo de fortalecimiento a los diferentes órganos que pudieran funcionar como verdaderos contrapesos para apuntalar un cambio de fondo en el sistema actual. Y ahí es donde hay que preguntarse si es porque no lo entiende o porque no lo quiere hacer. Al final, es innegable que si bien a él no se le ha podido relacionar directamente con actos de corrupción, su modus operandi y sus estructuras, necesarias para construir su base electoral, operan con las mismas prácticas que los partidos más viciados. Quizás AMLO sepa que será a través de esos mismos mecanismos que podrá controlar y gobernar. Pero eso no quiere decir que la corrupción va a cambiar. Simplemente va a cambiar de manos.
El segundo argumento es todo lo que se puede lograr con esos quinientos mil millones de pesos, que si bien es poco claro de donde viene la cifra, nadie la puede refutar. ¿Será que tanto se roban los políticos? quizás. Ahora, asumiendo que el combate moral a la corrupción resulta ser sorprendentemente efectivo, y que AMLO, si llega a ser presidente, logra esos “ahorros” en la hacienda pública, ¿Qué implicaciones tiene este “excedente” bajo la postura del hoy candidato para el resto de las personas? Y ahí nuevamente AMLO plantea ideas muy muy viejas y cuestionables. Se habla de inversión, mucha inversión en infraestructura, aunque se opone al mayor proyecto de infraestructura del país. Habla de becas y apoyos a jóvenes, sin embargo estas medidas no van a resolver una desigualdad de fondo, como tampoco harán que el país crezca en el número y la calidad de las oportunidades que los jóvenes necesitan. Sus alianzas con sindicatos siniestros pareciera que sin duda una parte importante de esos excedentes regresarían a la opacidad y el control de estos poderosos grupos clientelares, y paradójicamente, la visión del estado rector e impulsor de la economía es de las formas más fáciles de generar designaciones discrecionales o con fines políticos, lo que haría aun más complejo el mantener todo ese sistema transparente, limpio y honesto.
Estoy convencido que con esta visión de ataque a la corrupción y, por otro lado, la expansión de la economía a través del gasto de los supuestos excedentes, dejarían al grueso de la población en el mejor de los casos en una situación muy similar a la que están hoy. Esto si se cumple la débil promesa de no interferir con los fundamentales de la economía de mercado: Banco de Mexico, precios de garantías o acciones intervencionistas que con el afán de “demostrar” un cambio, pueda, ahí si, representar una ruptura muy profunda en la estabilidad económica del país y de las familias. La falta de resultados puede ser la brecha más peligrosa hacia la intención bolivariana.
Ahora, regresado a la promesa fundamental del Candidato de Morena, no sólo creo que la corrupción no desaparecerá. En el mejor de los casos podrá mejorar marginalmente, solo cambiar de manos o incluso empeorar. Esto dejaría al probable próximo gobierno sin los “recursos excedentes” para lograr su ambicioso plan setentero de revolucionar al país institucionalmente. Y ahí, cuando el desencanto sea cada vez mayor, y el líder amado ya no se sienta así, ahí sí es cuando puede empezar el verdadero peligro.

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